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Escribe: Héctor Alvarez Castillo


Al menos eso es lo que creíamos en Buenos Aires desde que el programa Chess Tiger venciera con solvencia a los humanos que se le opusieron en el Magistral celebrado en Vicente López. Estoy hablando del año anterior. Hoy tenemos dudas cuando vemos que en la perfomance del 2002 Hiarcs, la ilustre High Intelligent Artificial Chess System, cosecha algún cero y varias tablas entre las victorias a las que nos estaban acostumbrando estas creaciones del homo sapiens sapiens.
Es evidente que para nosotros esto no agrega nada que podamos tildar de favorable o negativo, pero, qué sucedería si el programa se largase a competir contra niños. Seguramente recuperaría laureles y, sin necesidad de hacer futurología, podríamos acertar en el score con sólo saber cuántas partidas se fuesen a disputar. Y así sucedió, llegada la ocasión se jugaron 60, y 60 a 0 es el saldo que dejó la invitación hecha a los escolares para sumarse a la fiesta del último Magistral de la República.
La cuestión que mueve a esta nota es simple: ¿qué se buscó al organizar de tal forma la exhibición del programa Hiarcs 8.0 el sábado 27 de julio? ¿Estimular a los escolares o lograr que tras el amasijo de uno tras otro los que comercian con la informática en ajedrez consigan nuevos clientes, además de coloridas fotos que los medios de prensa se encargan de divulgar? ¿Era necesario para promocionar al programa destruir en el tablero a chicos de 5 años en adelante? La pregunta final es dura, pero, no podemos dejar de hacerla: ¿las personas que conducen el ajedrez de Vicente López, en especial el escolar, tienen los conocimientos pedagógicos básicos para desempeñarse con la idoneidad necesaria e imprescindible? ¿Qué concepto de educación manejan? ¿Saben de qué se trata la cosa o sólo buscan marcas en las estadísticas y flashes oportunos que los distingan del resto?

No soy partidario de dejar ganar a nadie, creo en el pieza tocada pieza movida desde el primer día en el que uno llega al ajedrez hasta el último, pero, también estoy de parte de la competencia, no del pavoneo. En los encuentros entre los escolares y el Hiarcs no existió alternativa. La victoria siempre iba a estar de un lado. La invitación a un niño no debe tener como huésped a la fatalidad, al destino cerrado. Así no funciona como invitación, es un puerta clausurada. Desde la Antigüedad hemos aceptado -en La Apología de Sócrates se plantea la clásica situación- de que nadie está obligado a declarar en su contra, menos aún a suicidarse. No sé debe poner el cuerpo del otro ante el cañón para luego decirle: "¡Qué poder de fuego tiene el cañón!".
Algunos opinarán que más allá del resultado a los chicos los alegró participar de un evento público ante un titán cibernético. Y, tal vez, esto no sea del todo errado, no obstante, cuánto mejor se podría concebir un acontecimiento que reuniera decenas de niños y al programa Hiarcs. De qué otra manera más creativa y no cayendo en lo primero que se nos ocurre, los dirigentes podrían haberse servido del Hiarcs como herramienta para el estímulo franco y el aprendizaje de los niños, y no servirse de los chicos como ofrenda a la máquina.
No quiero plantear un escenario distinto, hablar de la venganza de los mayores contra los niños vinculada a la herida narcicista abierta desde la aparición de las máquinas en el mundo del ajedrez, o terminar comentando esto como un mero acto de promoción comercial con tintes de sadismo. Algo de lo que sucedió el sábado 27 en Vicente López me hace recordar la tesis de Rascovsky en El filicidio y no sé hasta dónde no es acertada la alusión. Lo que sí afirmo es que aquí hubo mayores que se sirvieron de los niños, que enmascarados tras gestos que parecen motivados por la bondad no tuvieron en cuenta a los chicos, algo esencial entre las responsabilidades que deben asumir quienes tienen llegada directa a ellos. La misma cobertura que tuvo esta actividad en los diarios muestra lo poco que se profundiza cuando se abandona una posición crítica y se realiza una crónica que no tiene mucha diferencia con una gacetilla bajada desde la organización.
La comunidad ajedrecística debe estar alerta a este tipo de conductas donde se manipula al niño que se acerca a nuestro juego y sólo es usado por los dirigentes para llevar agua a su molino. ¿Cuántos de los escolares que acudieron a enfrentarse a Hiarcs el sábado 27 van a desear concurrir a otro evento que los convoque el ajedrez? Aunque los actos sean de unos pocos, la responsabilidad es de todos. La posibilidad de hablar, de polemizar y no tomar livianamente eventos como éste, es una obligación que no podemos soslayar.
Lo más humano y rescatable de esa tarde, probablemente, sea la sinceridad de un niño cuando dijo: "En cualquier momento le pego un bollo a esta máquina".

 

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